Viaje a Malvinas: el vuelo

Llego al Aeropuerto de Rio Gallegos dos horas antes del vuelo por dos motivos. Primero, porque no tengo idea como es el tema del Check in ni cuanto demora y segundo, porque antes de subir al avión quiero conocer personalmente a Carlos, un Veterano de Guerra de Malvinas (VGM) que me contactó por internet hace un tiempo. Hago el Check in, obtengo la tarjeta de embarque y aguardo la llegada del Airbus A320 desde Punta Arenas, Chile. Es mi primera vez en un aeropuerto, mi primer vuelo, mi primer viaje a Malvinas.

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Gracias por la foto Bea

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En la sala de pre-embarque conozco a Carlos y a otros excombatientes que intercambian historias y vivencias de la guerra. Es emocionante pensar que estuvieron combatiendo en 1982 y hoy, después de 33 años vuelven a reencontrarse con los fantasmas de la guerra. Cuento a simple vista una veintena de personas esperando el avión. Más allá de una familia de Kelpers –padre, madre y tres chicos– con quienes cruzo unas palabras in english, somos todos argentinos.

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Carlos Muelas (VGM), Carlos Antunovich y Tito Vasquez (VGM)

Subimos al avión una hora más tarde de lo que fija el boleto y a través del interminable pasillo llego hasta mi butaca que da a la ventanilla y está junto a la de Fernando, otro VGM que va por su quinto viaje a Malvinas, esta vez, junto a sus hijos. Aunque no es de los más grandes, el avión para mi es enorme y está lleno de gente de todo el planeta. Me pregunto que irán a hacer rusos, africanos, chinos, filipinos y decenas de chilenos y peruanos a las Islas Malvinas.IMG_0444

El capitán explica que “ya se han finalizado las tareas de reabastecimiento de combustible y pronto se realizará el despegue”. Sin embargo, al rato llega otro camión –más grande– y vuelven a cargar combustible. Mientras tanto, las azafatas reparten dos papeles. Uno es el “Formulario de arribo” y el otro la “Declaración de bienes prohibidos” en la que hay que completar con “YES o NO” una serie de preguntas como: “¿Traigo armas de fuego, mercancías de falsificación, estampillas falsificadas, películas o DVD´s con contenido obsceno e indecente?”.
Otro de los casilleros dice “Contact address in the Falkland Island” (Dirección de contacto en las Islas Falkland). Si hay algo que los Británicos quieren saber de los visitantes –y más aun de los argentinos– es precisamente la dirección del lugar donde nos vamos a hospedar, dato que olvidé anotar cuando preparé los papeles. Una vez más tendré que poner en práctica el chamuyo argentino.

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Son las 14:50 hs, según el boleto, en este preciso momento tendríamos que estar aterrizando en las islas pero el avión aún no despegó. Mientras las pantallas muestran paisajes de Sudamérica nuevamente se escucha la vos del capitán que en un marcado acento chileno dice: “Señores pasajeros les habla el capitán nuevamente. El vuelo se ha demorado más de lo que teníamos pensado. Les pedimos que tengai paciencia, eso nos ayuda a nosotros a estar pacientes. Gracias por su atención”. Algunos se quejan, otros dicen que el avión tiene problemas mecánicos y para completarla unos nenitos corren por el pasillo gritando: “¡Mayday Mayday!”. ¡Unos divinos!

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Finalmente partimos con tres horas de demora. Son 750 km hasta Mount Pleasant en una línea recta hacia el este (Río Gallegos se encuentran en la misma latitud que las islas). Bea –mi amiga de Río Gallegos– tenía toda la razón cuando me dijo “vas a ver como se mueve el avión al despegar”. Sentir como se tambalea por el viento patagónico y las ruedas despegándose del piso es una sensación espantosa, mucho peor que una película de terror. Pienso “Listo, se cae el avión y nos hacemos bolsa”. El corazón no para de golpear con fuerza, cierro los ojos para evitar el mareo, trato de pensar en otra cosa y vuelvo a abrirlos recién cuando el avión se estabiliza. Entonces aparecen esas nubes, ese cielo y ese mar que me devuelven en parte la tranquilidad. La hora cuarenta que dura el vuelo me la paso con la cara pegada a la ventanilla a pesar de que lo único que hay afuera son nubes. Volar es una sensación inigualable que todas las personas –al menos una vez en su vida– deberían experimentar.

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Adios continente!

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Junto a Fernando Marino (VGM). Me contó sus historias y le conté de mi viaje y mi libro

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Las Islas Malvinas desde el aire son más hermosas de los que pensé. Los ríos como serpientes, la ruta hacia Puerto Argentino, los lagos, el verde, los montes… todo se ve perfecto desde el avión. Aterrizar en la Base de Mount Pleasant, la fortaleza de los británicos en Malvinas, es rarísimo. Todo controlado y militarizado. La lluvia que está cayendo nos obliga a bajar del avión y correr hacia las oficinas de migración. En ese momento una uniformada lanza un grito de furia a dos argentinos que sacan fotos a un avión de la Royal Air Force (en toda la base militar está prohibido usar cámaras y celulares, unos carteles enormes así lo indican).IMG_0519

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Primera foto de las Malvinas, desde el avión

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Amontonados como ovejas hacemos los trámites migratorios (es un espacio diminuto para las 180 personas que acabamos de llegar). A pesar de mi ingles caníbal, logro resolver el problema de la dirección del hospedaje anotando simplemente el nombre de la dueña (lo bueno es que en las islas todos se conocen). Los residentes tienen más suerte e ingresan sin completar papeles y sin hacer colas. En el último control revisan mi equipaje y más tarde veo a una señora con un cartel que dice “Pablo Imhosso”. Supongo que ese soy yo.

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Primera foto de las Malvinas, desde la camioneta

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Llegada a Puerto Argentino

La señora del cartel se llama Lisa y es también mi chofer. La saludo con un beso, me pone la otra mejilla y le doy otro beso (días después me enteraría que los ingleses no saludan con besos). Lisa maneja la Ford Transit que me lleva hasta Puerto Argentino (unas 36 millas). Llego a la casita donde me voy a alojar, charlo unas palabras con su dueña, una señora uruguaya que hace cuarenta años vive en Malvinas, y salgo a caminar.
Son las nueve de la noche y en la calle no veo nada más que un par de Land Rover estacionadas. Lo que si hay es una tormenta de viento y lluvia que me obliga a pegar la vuelta y refugiarme nuevamente en mi casa malvinense. Ya es de noche y prefiero tomar un plato de sopa caliente mirando la lluvia a través de un ventanal grande. Estoy en las Islas Malvinas y voy a pasar una semana acá pero todavía ni yo me lo creo.

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El cartelito de recuerdo

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