Viaje a Malvinas: caminando por Puerto Argentino sin itinerario

Segundo día en Malvinas: salgo a recorrer Puerto Argentino.
Camino desde mi casa unas cuatro cuadras hasta la costanera. El cielo –que media hora atrás estaba completamente azul– se cubre de nubes en pocos minutos, empieza a granizar, luego sigue la lluvia y por último se levanta un viento frio que me obliga a volver por mi campera. El ciclo se repite tres veces más en la mañana y compruebo lo que había leído antes de viajar: el clima en Malvinas está totalmente loco.

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Me refugio bajo un árbol junto a dos escoceses macanudos con los que charlo un par de palabras. Si el inglés británico es difícil de entender, el escoces es imposible. Uno de ellos me ofrece un caramelo y me cuenta que vinieron a Malvinas para trabajar en el puerto. Debajo del árbol –que apenas nos cubre– miramos como los atletas de una maratón pasan corriendo a lo largo de la Ross Road, avenida que bordea la costa. La maratón es de sólo 10 km, la previa a la famosa “Stanley Marathon 42K” que se realiza en marzo y en la que todos los años participan varios argentinos. Fernando Marino, quien viajó sentado al lado mío en el vuelo de ayer, fue uno de los ganadores en la edición del año 2012 en categoría “postas”, junto a tres excombatientes.IMG_0739

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se van caminando los escoceses

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El itinerario para hoy es no tener itinerario, es decir, caminar por donde se me antoje y como al mediodía se me antoja comer algo, voy hasta el Shorty´s Dinner, un comedor ubicado en la otra punta del pueblo. Pido Chicken Nuggets (pollo con papas fritas y ensalada) y para tomar una Fanta por 7,50 libras (unos $140 argentinos). En el comedor todos hablan inglés menos una familia chilena y yo. Principalmente dos cosas me llaman la atención. La primera es las miles de banderas de Gran Bretaña que adornan el local y la segunda, un inglés con la camiseta del Manchester City que no me saca los ojos de encima. Más que llamarme la atención, me pone incómodo; supongo que se dio cuenta que soy argentino (o sudamericano). El comedor se encuentra junto a un hostal del mismo nombre y del mismo dueño y, según me contó Susana –la señora que me aloja– hace un tiempo había un cartel que decía “Aquí no se admiten argentinos”. Más allá de todo disfruto plenamente mi almuerzo: el plato vacío sin siquiera una papa frita, así lo demuestra.

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A través de un vidrio observo nuevamente una fuerte granizada por lo que aprovecho a escribir en mi diario de viajes todo lo que va pasando en la experiencia malvinense. Cuando la tormenta se detiene me escapo por una calle que baja en zigzag hasta el puerto. Como siempre en Malvinas, después del granizo llega una especie de frio polar que se mete por todos los orificios posibles de la campera y penetra la piel. Si digo que el clima en Malvinas es insoportable, me quedo corto.

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se ven muchas bicis y motos abandonadas en las veredas

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es muy común ver camas elásticas en los patios de las casas

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La “L” significa license (licencia). Son vehículos para apreder a manejar

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En el puerto no hay mucho movimiento, apenas dos barcos pesqueros amarrados y un velero con viajeros franceses. Enfrente está el Turist departament, adonde me dirijo en busca de mapas y de información sobre las islas pero la señora que me atiende habla un inglés imposible y tiene muy pocas ganas de hacerse entender, por lo que no tardo mucho en abandonar el edificio.
Afuera me encuentro con Terence, un africano que llegó hace una semana para trabajar en los campos de batalla. Su tarea: encontrar las minas que los soldados argentinos enterraron en el ´82. Me cuenta que es un trabajo peligrosísimo y es fundamental estar muy concentrado. Las 500 libras que gana mensualmente son enviadas a su mujer y sus seis hijos en Zimbabue. Tiene 51 años y a pesar de llevar una vida difícil y lejos de su familia, Terence es muy afectivo y muestra un optimismo que me conmueve. Recién dentro de dos años piensa regresar a su país y reencontrarse con su familia.
Después de una larga charla, Terence y yo nos despedimos: me saluda con un God bless you (Dios te bendiga) y le doy fuerte apretón de manos (ambos sabemos que nunca más volveremos a vernos).

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Junto a Terence

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Luego de una siesta de casi dos horas, nuevamente salgo a caminar. Esta vez voy directo al West Store –el supermercado más conocido– en busca de provisiones. Como se encuentra cerrado sigo caminando unas diez cuadras en ascenso hasta otro súper, el Kelper Store. Mi compra es básica: sopa y fideos instantáneos serán mi menú el resto de los días en las islas.

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Flores de lupinos, plantas típicas de las Islas Malvinas

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El VGM Tito Valdez (a ver si lo encuentran)

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Salgo del supermercado. Son las 8:00 pm y si bien quedan más de dos horas de luz, en la calle no veo ni un solo Kelper, sólo una chica de campera verde que camina sola hacia la costanera. Esa chica resulta ser Aylen, una ushuaiense que vino a Malvinas en el mismo vuelo que yo. “Al fin alguien de Argentina con quien charlar”, pienso. Aylen me cuenta su experiencia de hoy al visitar el Cementerio de Darwin: “Fue muy fuerte, lloré mucho y quiero volver a repetirlo”. Ella contrató un paquete armado que incluye vuelos, estadía y excursiones. Yo en cambio, tendré que rebuscármela para llegar a los diferentes puntos de las islas: el Cementerio de Darwin es un lugar que obligadamente tengo que conocer en los próximos días.

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Aprovechamos el resto de la tarde para charlar y caminar por Puerto Argentino (o Stanley). Es curioso nombrar a un mismo lugar de dos maneras diferentes. Desde el principio fue confuso y hasta contradictorio decir Puerto Argentino. Las calles con carteles en inglés, las casas de madera, incontables banderas británicas y los autos circulando por la izquierda son apenas algunos indicios de que este lugar nada tiene que ver con la idiosincrasia argentina. Esa fue mi primera impresión y decidí dejarlo así: cuando tenga ganas de decir “Stanley”, diré Stanley. Cuando sienta que deba expresar “Puerto Argentino”, así lo haré. Obviamente me encantaría ver una bandera celeste y blanca flameando pero no me creo más o menos argentino por nombrar de una u otra forma a este pueblo. En todo caso, si hay una definición que se ajusta a la realidad, es la que hace Soledad Pastorutti en su canción “La carta perdida”: es un puerto argentino con bandera de otra nación.

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