Rumbo a las ruinas de Villa Epecuén (parte 2)

Domingo 16 de noviembre. El plan para hoy: visitar las ruinas de Villa Epecuén.
Divido al día en dos. Por la mañana descanso y me repongo de la fiesta de anoche. Por la tarde saldré a recorrer cada uno de los lugares de Epecuén.

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La carpa, un poco despelotada

Al mediodía preparo la bici de Nano. La pobre está destartalada y no tiene frenos, pero me va a servir para meterme entre los callejones de las ruinas. Inicio la pedaleada por un camino de tierra y piedras con la laguna –llena de patos y flamencos– a ambos lados y llego al cementerio. El lugar parece una película de zombis. Las plantas fueron tapando las veredas y pasillos y las tumbas están destruidas, algunas aún conservan sus ataúdes –también destruidos– en el interior. Observo también unas pocas fotos y nombres de los fallecidos. Camino sorteando las cruces de cemento, la mayoría permanecen volteadas en el piso. De por sí, los cementerios, no son lugares muy agradables a la vista, pero éste hasta da escalofríos. Aun así, no me arrepiento de haberlo conocido.

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Me dirijo hacia el pueblo y en el camino me encuentro con el Matadero de Epecuén. Es muy parecido al que visité ayer en Guaminí, de hecho lo diseñó Francisco Salamone, el mismo arquitecto. Recorro las diferentes habitaciones caminando. La torre y las letras “MATADERO” aún están en pie pero varias partes del edificio se han derrumbado por los efectos del agua.
Francisco Salamone fue un arquitecto que construyó más de 60 edificios en la Provincia de Buenos Aires. Al ver sus obras, quedé impactado y entendí porque generaron tanta controversia en la década del 30. Basta con echar un simple vistazo a las torres, las formas raras y vanguardistas para la época y el gran tamaño de los palacios municipalidades, portales de cementerios y mataderos para darse cuenta que no se tratan de simples construcciones, sino que lo que se buscó fue impresionar.

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Sigo pedaleando, primero por un camino con árboles muertos y luego por una calle de tierra que me lleva hasta la Avenida de Mayo, la principal arteria del pueblo en los 80´s.

Todo empezó un 23 de enero de 1921, cuando don Arturo Vatteone inauguró un balneario a orillas mismas del Lago Epecuén, convirtiéndolo luego en la base del pueblo “Villa Lago Epecuén”.
Desde aquel día el lago comenzó a convertirse en una realidad para el turismo de salud de la República Argentina. Sus aguas mineralizadas producían efectos realmente asombrosos. Algunos aseguran que la altísima concentración de minerales, que la hace hipermarina, es comparable únicamente con el Mar Muerto.
El ritmo de crecimiento se hizo importantísimo. Se construían hoteles, espigones hacia dentro del lago, lujosas residencias y nacían empresas explotadoras de sal, de venta de barros curativos y jabones.
Al lado de los hoteles comenzaron a establecerse trabajadores y propietarios y así, para 1930 la Villa Lago Epecuén ya contaba con Iglesia, una Escuela y todos los servicios necesarios para el desarrollo de un pueblo.
Su crecimiento no se detenía y en la década del 70 llegó a recibir a 25.000 turistas. La población estable era de alrededor de 1.200 personas.
La laguna de Epecuén es una evaporita, es decir recibe excedentes de agua por lluvias y arroyos y en las épocas secas los evapora, generando así el decantamiento y conformando su única salinidad y mineralización natural. Por más de 60 años el lago continuó con su rutina de crecidas y sequías tal su función ancestral, sin embargo ésta afectaba mucho las inversiones turísticas, dependiendo de las buenas lluvias que disolvían sal haciendo el baño placentero. Cuando las lluvias no acompañaban, las temporadas fracasaban. Era necesario hacer pozos para que filtre el agua y la gente pueda sumergirse en el lago, lo que no era muy apreciado por los turistas en busca de salud.
En los años 70´s las autoridades provinciales se hicieron eco de los reclamos para estabilizar el caudal de la laguna, efectuando obras hidráulicas que por diversas cuestiones políticas desde 1976 no se continuaron. Tan solo un canal recolector de aguas de otra cuenca hídrica fue la obra culminada que sumado a las abundantes lluvias caídas en 1980, hicieron que se tenga que levantar un terraplén para defensa del pueblo que comenzaba a correr peligro de inundación. El sistema natural estaba desequilibrado por la mano del hombre.
Como la laguna Epecuén es la última laguna, y por ende más baja, del llamado sistema de Lagunas Encadenadas del Sudoeste, no posee ninguna salida.
Entre 1980 y 1985 las lluvias y el ingreso sin control del agua por el canal fueron condenando al pueblo, el que sobrevivía protegido por una muralla de 4 metros de altura.
Un 10 de noviembre de 1985 ese terraplén no soportó el embate de la laguna y la gente comenzó a ser evacuada, perdiéndose 70 años de historia turística termal.
Para el invierno de 1993 Villa Epecuén estaba sumergido bajo 10 metros de agua. Gracias a obras encaradas en esos años que impidieron el ingreso de agua a la laguna, lentamente fue escurriéndose dejando al descubierto las ruinas de lo que alguna vez fue el más pujante centro termal de Argentina.

 

Camino en dirección a la laguna y viajo al pasado. Imagino la vida en aquellos tiempos; las calles llenas de turistas, locales comerciales, autos de época, hoteles, confiterías, la rambla… todo funcionando a pleno.
Y llego al complejo balneario, uno de los atractivos que tuvo Epecuén. Aún se distinguen sus formas modernas, sus piletas, dos toboganes y el gran tanque de agua –todavía en pie–. Es raro pensar que un lugar que alguna vez generó tantos momentos de diversión y felicidad, hoy se encuentre vacío y abandonado. Más que raro, es triste.

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El paisaje es puro azul, marrón y blanco. Azul de la laguna, marrón del óxido y blanco de la sal. Las paredes, los árboles, las calles de tierra… todo está cubierto por sal. Yendo y viniendo por las calles veo, por ejemplo, una cama vieja, botellas de gaseosas, cubiertas de autos, una tapa de inodoro, árboles petrificados y escombros. Muchos escombros.
Me lleva más de tres horas recorrer todos los escondites de las ruinas. Pienso que probablemente en unos años, este lugar ya no sea el mismo. Si bien la laguna bajó varios metros y descubrió el pueblo, la destrucción del agua no se detiene y las construcciones continúan deteriorándose.

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Otra vez recorro la Avenida de Mayo, pero esta vez para irme del pueblo y dirigirme a la Eco-playa, donde paso las últimas horas de la tarde bañándome en las aguas de la laguna.
La alta concentración de sal me permite flotar haciendo la plancha cruzado de brazos. Es una sensación muy linda que aprovecho para relajarme y reflexionar acerca de Villa Epecuén. Un lugar que genera sensaciones fuertes y encontradas y, a pesar de estar vació, mantiene vivos los ruidos en las calles, las voces de la gente y las historias de los miles de turistas que alguna vez lo visitaron.

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