Rumbo a las ruinas de Villa Epecuén (parte 1)

Voy camino a un pueblo llamado Carhué. Hace una hora y media inicié el viaje desde Daireaux. Llevo recorridos 90 kilómetros, más de la mitad de lo que tengo planeado hacer hoy. Las rutas están tranquilas. El cielo despejado. Es un día perfecto para viajar en moto. Me encuentro con una gran rotonda y entre las muchas opciones que me ofrecen los carteles, decido tomar un desvío que no tenía planeado: el acceso a Guaminí.

Guaminí es un pueblito de unos 3000 habitantes. Todo es muy prolijo y me llama la atención. El boulevard de la entrada, la plaza principal, la iglesia y especialmente el edificio de la municipalidad, con forma de nave espacial.
En las afueras del pueblo, apenas termina el boulevard, nuevamente me sorprende un edificio en ruinas con formas rarísimas. Al igual que la municipalidad, esta es otra de las monumentales obras del arquitecto Francisco Salamone: el Matadero Municipal de Guaminí. Es la oportunidad perfecta para entrar y curiosear lo que hay adentro de este edificio tan misterioso. Ingreso por una puerta lateral entreabierta. Adentro todo está oscuro.

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Municipalidad de Guaminí

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el matadero

Lo primero que veo es una escalera oxidada y empinada, con forma de caracol. Empiezo a subir. Voy pisando uno a uno los escalones, con cuidado. Llego primero a la terraza y luego al segundo piso. Aquí la escalera metálica se termina y empieza otra con fierros empotrados en la pared que sube hacia lo más alto de la torre del matadero. El edificio está muy deteriorado y decido poner fin a la escalada, no quisiera que mi viaje se vea interrumpido por una caída y consiguiente quebradura o se derrumbe la torre del matadero sobre mí.

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Toma desde la terraza del matadero

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La escalera que no me animé a subir

Camino ahora por una gran sala central, con una mesa en el medio y lavatorios a los costados. Todo lo que observo, más allá de la abundante caca de palomas, es un poco tenebroso. El óxido de las herramientas, las paredes descascaradas, las escaleras derrumbadas, escombros, vidrios rotos, azulejos desprendidos, la oscuridad y sobre todo el nombre “matadero”. Creo que no me animaría a entrar de noche a este lugar. Obviamente en mi mano llevo la cámara, si existen los fantasmas es posible que ronden estos lugares y no quisiera perderme la oportunidad de retratar a uno. Ingreso a una habitación que tiene ganchos puntiagudos de hierro en la pared y una heladera vieja (esas grandes, de madera, que todavía suele haber en algunas carnicerías). Es la habitación más tétrica del matadero.

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Bien de película de terror

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La heladera estaba cerrada y la abrí de curioso

Rodeo el edificio por la parte trasera, hecho un último vistazo, tomo una fotografía de la fachada y ahora sí, sin haber visto ni siquiera un fantasma, me despido del matadero y de Guaminí.

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Después de una hora en la ruta caigo a Carhué en plena siesta. Llego al lugar para conocer las ruinas de Villa Epecuén.
La primera vez que recuerdo haber visto algo de Villa Epecuén fue en una película llamada “And soon the darkness” (Y pronto la oscuridad). La película está rodada en Sudamérica pero el estilo es bien yankee. La trama y los actores son malísimos (no la recomiendo, a menos que quieran ver las escenas de las ruinas). Cuando descubrí que el pueblo abandonado que aparece en la película está ubicado en la provincia de Buenos Aires, me pareció una buena idea hacer que la ruta pase por ese punto.

Ni bien paso el lomo de burro en la entrada a Carhué, se me para la moto. La pateo varias veces pero no arranca. Saco la bugía, busco algún cable desenchufado, algo fuera de lugar que me oriente donde puede llegar a estar la falla, pero no encuentro nada y caprichosa sigue sin arrancar.
Carhué está desierta. El sol parte la tierra y las únicas personas que veo son el playero de la estación de servicio y un par de policías paseando en patrullero.
Busco ayuda en la estación pero el playero está muy ocupado charlando con su amigo y me aconseja caminar con la moto hacia el pueblo. Supuestamente a unas cinco cuadras hay un taller mecánico.
Tengo pocas esperanzas de que esté abierto, pero no me queda otra alternativa que dirigirme hasta allí y ver qué pasa. Llego al taller, veo que está cerrado y sin indicios de abrir un sábado a la tarde. Desarmo la moto lo más que puedo, hasta retiro el tanque de nafta en busca de algo fuera de lugar. Pero no hay caso. Sigo sin encontrar algo que me diga donde puede estar el problema.

Son las cuatro de la tarde. Ya pasó una hora y media desde que llegué a Carhué. Me saco el traje de moto, las botas, me siento a descansar a la sombra de un árbol y pienso. “…tiene que haber alguna solución. Todo tiene solución. Vamos Pablito. Pensá, pensá! ¿Qué hago? ¿Voy a un camping, dejo la moto y salgo a buscar un mecánico? ¿Llamo al seguro? No, el seguro no cubre problemas mecánicos…” Y sigo pensando.

El pueblo continúa desértico, pero alcanzo a ver a lo lejos una señora llegando a su casa en moto. Me acerco caminando y le explico lo que me está pasando. La señora es muy amable y me dice que conoce a alguien que puede ayudarme. Entra a su casa y unos minutos después vuelve con un número de teléfono escrito en un papelito. “Tomá, es el número de mi mecánico, tal vez si le contás lo que te pasó él te pueda dar una mano”.

El mecánico se llama Nano y por teléfono parece macanudo. Después de un rato llega con su camionera y me remolca hasta su taller. Hoy es sábado y no trabaja, pero igual se toma un buen rato para detectar el problema. “Me la vas a tener que dejar, seguramente es una falla eléctrica. Durante estos días, hasta que encuentre el problema, te puedo prestar una bici para que te muevas por el pueblo”.
Nano es de poco hablar, tranquilo y buena onda. Muy buena onda. Dejo a Caprichosa en su taller y me lleva a recorrer Carhué mostrándome todas las opciones de hospedajes. Después de la vuelta por el pueblo, elijo el camping municipal. Tiene lugar de sobra para la carpa, buena sombra, duchas con agua caliente y hasta Wifi. Nada mal por unos $35 por día.

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Nano “El Salvador”

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Municipalidad de Carhué. Otra obra de Francisco Salamone

Pero antes de armar la carpa, Nano me presenta a su amigo Hernán, un motero y locutor que justo hoy está organizando la “Fiesta de Radio Mandioca”. “Esta noche te esperamos Pablo, va a haber un lechón, un cordero, choclos con dos preparaciones diferentes, una banda de rock, un fogón…ah y canilla libre”, me dice Hernán.
Más tarde voy hacia el camping y armo la carpa cerca de la Laguna Epecuén. Justamente fueron las aguas de esta laguna las que –en el año 1985– rompieron el terraplén e inundaron Villa Epecuén. La gente perdió sus hogares y obligadamente tubo que mudarse a Carhué, el pueblo vecino.

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Hernán en Radio Mandioca

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Mi carpita a lo lejos…

Algunos dicen que es un lugar muy triste. Otros, muy inspirador. Inicio el viaje hacia las ruinas con la bici que me prestó Nano pero a mitad de camino me doy cuenta que son unos cuantos kilómetros. La ruta es de tierra, con mucho polvillo y posos y, además, ya está bajando el sol. Mejor descansar un poco, acomodar las cosas en la carpa y prepararme para la fiesta de esta noche. Mañana habrá tiempo de recorrer las ruinas. Eso sí, tener que esperar un día más me pone muy ansioso. No veo la hora de estar allí.

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Atardecer en la Laguna de Epecuén