En busca del fin del mundo

Crónica de un tortuoso viaje desde Río Gallegos hasta Ushuaia

Desde Santo Tomé –punto de partida del viaje– hasta Ushuaia hay más de 4000 kilómetros. Distancia que tardé un poco menos de cinco meses en recorrer. Cinco meses en los que aprendí más cosas –sobre todo de mí mismo– que en 28 años. Cinco meses en los que las personas que encontré en el camino fueron mi principal sostén en los momentos difíciles. Cinco meses en los que viví experiencias que nunca imaginé que viviría. Cinco meses con algunos días grises y en soledad. Cinco meses de encuentros inesperados con gente increíble. Cinco meses que cambiaron mi vida.

Varias veces, durante mi viaje, creí que no llegaría a Tierra del Fuego y me quedaría a mitad de camino. Cada vez que intentaba partir surgía una nueva traba que me lo impedía. Pensé que tal vez no debía seguir intentándolo, que no era bueno continuar en esa dirección, que me esperaba algo o alguien en otro lado, que debía dejar el “fin del mundo” para otro momento, que no debía forzar las cosas. Con cada falla que aparecía en Caprichosa, una voz interna me decía “no vayas, la vas a pasar mal”. Y así pasaron dos meses en Río Gallegos, tratando de solucionar los problemas en una moto vieja al mismo tiempo que luchaba contra mis miedos.

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“El Riojano” haciendo su arte

Luego de idas y vueltas, de intentar mil y una soluciones para arreglar la moto, de repuestos y mecánicos fallidos, de armarla y desarmarla con herramientas prestadas, llegué –gracias a un comentario que escuché por ahí– hasta el taller de Cacho Topcic. Cacho Topcic es un conocido mecánico de Río Gallegos y gran conocedor de motos clásicas, quien al ver mi situación, no dudó en llevarme a su taller y regalarme un conjunto de cilindro, pistón y aros, todo listo para armar. “Quiero que te lleves un buen recuerdo de este lugar y sigas adelante con tu viaje” me dijo, a lo que me quedé sin palabras. Sólo le agradecí y le prometí que cuanto volviera de Ushuaia, pasaría a saludarlo y a dejarle un obsequio.

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Junto a Cacho Topcic y Cuqui, su señora

Terminamos de armar el motor casi al mismo tiempo que Guada llegó a la ciudad: todo estaba listo para partir hacia Tierra del Fuego, juntos.
Llegar a Río Grande no fue fácil, debimos recorrer 370 kilómetros –en casi once horas– que incluyeron salir del país, entrar en Chile, cruzar en balsa el Canal de Beagle y volver a Argentina. El viaje resultó ser más duro y cansador de lo que pensábamos ya que el viento del oeste no paró de soplar en ningún momento y una ruta de ripio equivocada, con piedras del tamaño de un puño, dieron como resultado una caída de Guada (por suerte sólo un susto, algunos raspones menores y una anécdota más para contar).

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Junto a Guada, antes de subir a la balsa

Finalmente llegamos a Rio Grande. Una ciudad muy atractiva a pesar del terreno árido en el que se encuentra, gracias a las avenidas con canteros llenos de flores, las casas de todos colores y el Río Grande que desemboca en el Océano Atlántico. Darío –quien nos alojó durante tres días– nos hizo una especie de visita guiada: conocimos el centro, el antiguo barrio de la ciudad, un viejo muelle y la costanera que da al mar. Definitivamente Río Grande resultó ser mucho más interesante de lo que pensaba.

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Nuestro próximo destino fue Tolhuin, un pequeño pueblo ubicado entre Río Grande y Ushuaia al que llegamos por la Ruta 3, que en este tramo muestra la transición perfecta entre el amarillo de la estepa patagónica y el verde de bosques de lengas y ñires. Lo primero que hicimos allí, fue conocer la panadería La Unión: todo el mundo nos había recomendado conocerla y todo el mundo –famosos y no tan famosos– pasan por aquí, cuando van hacia Ushuaia.

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Junto a Emilio Zaez

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El dueño de la panadería se llama Emilio. Es un marplatense que hace 30 años, viajando por el mundo, encontró en Tolhuin su lugar. Con mucho fuerzo abrió lo que –en mi opinión– hoy es la panadería más famosa de Argentina. Emilio, además, tiene un gimnasio donde aloja desinteresadamente a viajeros que pasan por el lugar. Nosotros no fuimos la excepción y estuvimos parando allí dos días antes de partir hacia Ushuaia. El ambiente en el lugar era muy relajado. Junto a nosotros se alojaban cicloturistas de Alemania, Bélgica, Colombia, Japón y Nueva Zelanda, también había un mochilero argentino y una tarde cayeron los “locos del tractor”. Si, los muchachos de San Carlos Sud (pueblo ubicado a 40 kilómetros de Santo Tomé) de los que tanto me habían hablado, también llegaron a la panadería y Emilio los alojó.

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Esa misma noche, asistimos a la despedida de una pareja de japoneses que continuaba su viaje. Ella (no recuerdo su nombre) había tenido un accidente y Emilio la ayudó a recuperarse y poder así seguir su travesía. La cena tuvo como plato principal un corderito patagónico que uno de los empleados de la panadería cocinó al horno. Las palabras de los japoneses al final del encuentro y las lágrimas en sus ojos nos emocionaron a todos. Para completar la velada, se armó un baile con cumbia, reggaetón y cuarteto en el que todos (empleados de la panadería y viajeros) disfrutamos enseñando algunos pasitos de baile a los japoneses.

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También visitamos en Tolhuin el Lago Fagnano y la reserva Laguna Negra pasando antes por un camping muy particular, el Camping Hain. Se trata de un emprendimiento no sólo en el que se puede acampar gracias a unas “chozas” que cubren la carpa de los vientos, sino que además es un parque de diversiones construido íntegramente con basura reciclada. El parque cuenta con laberintos, metegol, tirolesa, kartings y cancha de futbol pero sus dueños agregan atracciones continuamente y el parque seguirá creciendo.

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La reserva provincial Laguna Negra es imponente. Caminé por un sendero hasta la laguna junto a Guada, Leandro –un chico de La Plata que se alojaba también en el gimnasio– y dos perros que nos acompañaron a todos lados. Los colores de los lagos contrastando con las montañas nevadas y los turbales, formaban un escenario increíble.
Pero no todo es color de rosa en los viajes. Esos días me empecé a sentir mal, algo dentro de mí ya no estaba bien y no me dejaba disfrutar el momento. Los días siguientes fueron iguales. A pesar de estar rodeado de gente con muy buena onda, me sentía triste.

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De todas maneras, había que partir hacia Ushuaia. Nos preparamos con Guada e iniciamos los 110 kilómetros hasta el fin del mundo.
A poco de partir, el frío y los vientos ya nos complicaban. Mientras nos colocábamos los trajes de lluvia pregunté a Guada si quería seguir camino (un rato antes una ráfaga de viento la había hecho cruzar al carril contrario y estaba muy asustada). Finalmente los vientos mermaron y pudimos seguir camino.

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Paso Garibaldi, Ruta 3

Cruzamos el Paso Garibaldi –punto más alto de la Ruta 3– y rodeados de un paisaje como los que se ven en las películas, hicimos la bajada que nos llevó hasta Ushuaia. Si, estábamos en la ciudad más austral del planeta. La ciudad del fin del mundo. La ciudad que impacta con sus postales. Pero, ¿Cómo era posible que estando en semejante lugar por dentro me seguía sintiéndo mal? Yo sabía qué era lo que me causaba dolor, pero podía hacer poco al respecto y el estar en semejante entorno natural, no hacía más que profundizar ese malestar. Entonces entendí que el disfrutar de un lugar no depende de cuan imponente este sea, sino del estado de ánimo en el que nos encontremos al momento de atravesarlo. Había llegado nada más ni nada menos que a Ushuaia, había logrado la foto soñada, sin embargo yo me sentía solo, en un lugar gris, vacío y sin sentido.

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Pensé en abandonar esta aventura, en volver a Santa Cruz, en tomarme un avión de regreso a Santa Fe, en dejar de viajar: estaba muy confundido. Pero todo momento malo tarde o temprano queda atrás. Días después, pasaría algo inesperado que cambiaría de forma casi instantánea mi estado de ánimo, dejaría de lado ese momento de angustia y me permitiría disfrutar a pleno las maravillas naturales del fin del mundo. Un encuentro “casual” con una persona haría finalmente que me amigue con Ushuaia y que mi estadía en esa ciudad sea inolvidable, pero esa es otra historia que algún día les contaré…

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